Le gustaba jugar en el Cadete del club de su barrio, ir a entrenar 3 días y el partido del fin de semana. Disfrutaba jugando en aquél viejo campo de tierra, siempre embarrado en otoño y casi impracticable en invierno, orgulloso de sus viejas botas sin marca , duras, casi despellejadas y más antiguas que el programa de Jordi Hurtado.


Se las regaló usadas, un compañero de clase que jugaba en un equipo de mayor categoría. Marc estaba encantado con sus botas eternas, con las que marcaba goles. Marc lamentaba los escasos partidos que podía verlo su padre, a los entrenos le era imposible, ya que trabajaba de mecánico en un modesto taller y cuando acababa la ” jornada reglamentaria”, se dedicaba a reparar averías en un pequeño descampado del barrio.

Su madre le lavaba y planchaba la equipación en los ratos que le dejaban los trabajos de limpieza en varias casas, día tras día. Gracias a eso, las cuotas mensuales del club podían ser pagadas y Marc pudo jugar siempre. Marc tenía otro hermano y una hermana, menores que él. En un día inolvidable, pusieron césped artificial de nueva generación y tuvo camiseta de partidos de nuevo diseño, pero las botas de Marc seguían siendo como siempre de segunda mano.

La publicidad y los escaparates mágicos de las tiendas de deportes le cegaron. Primero pidió y después exigió a sus padres unas botas de primerísima marca, hace poco le habían regalado un móvil de última generación y por ende, le dijeron que esperara a su cumpleaños, el cual era 5 meses después. Pero a Marc, se le ocurrió que haciendo algún trabajo en verano, podría pagarse las botas. Dicho y hecho, trabajaba clandestinamente en una panadería, donde llegaba de madrugada en jornadas interminables, haciendo todo tipo de tareas, menos pan. Llegaba destrozado.

Su madre llegó un día a la panadería y se lo llevó de los pelos gritándole:” Nunca te arrodilles ante nadie, por muy bonitas que sean las botas”. Posteriormente, se fue a jugar a la playa descalzo, con una pelota y regate tras regate, empezó a valorar el esfuerzo de sus padres y el “precio” de sus viejas botas. Llegado su cumpleaños, su tío que tiene varios negocios, le regaló las botas soñadas.

Marc lloró abrazando más a sus padres que a las botas, limpió las viejas botas y se las llevó al entreno. Acto seguido, decidió que compartiría los partidos con ambas. Su tío, atònito, no entendía nada. Pero, sus padres, se miraron satisfechos porque Marc había entendido las reglas de juego.

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